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La
Langosta de San Vicente, creada y alimentada en los rocosos fondos de
un mar sin reposo, resulta inconfundible, tanto por su perfecta
pigmentación, como por la tersura y fragancia de sus carnes. Llevada en
tiempos pretéritos por los veleros de San Vicente a los puertos
franceses, en los que adquiriría inmediata carta de nacionalidad, fue
puesta en versos por las mejores plumas del país vecino y constituyó el
sólido cimiento sobre el que se asentó la universal fama de la langosta
gala. Con ella a proporcional altura, el Bogavante, la
Nécora y el
Centollo.
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