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La
Langosta de San Vicente, creada y alimentada en los rocosos fondos de
un mar sin reposo, resulta inconfundible, tanto por su perfecta
pigmentación, como por la tersura y fragancia de sus carnes. Llevada en
tiempos pretéritos por los veleros de San Vicente a los puertos
franceses, en los que adquiriría inmediata carta de nacionalidad, fue
puesta en versos por las mejores plumas del país vecino y constituyó el
sólido cimiento sobre el que se asentó la universal fama de la langosta
gala. Con ella a proporcional altura, el Bogavante, la
Nécora y el
Centollo.
El Cabracho y el “Sorropotún”, son las especialidades de la casa. Entre
las múltiples variedades en que se sirve el
Cabracho, es de recomendar
especialmente, la preparada al horno con su pequeño golpe de “Ajo
Arriero”, que nos hará recordar aquello de “por Santander, Castilla mira
al mar". El Sorropotún
es la Marmita de
Bonito, propia de San Vicente; y que tomada aquí, junto al aroma del
Cantábrico, alcanza su mayor dignidad.
La gran trilogía del mar ( la Merluza, el
Mero y la
Lubina), mantienen
aquí, como en los cada vez más escasos puertos en los que se conserva el
anzuelo como casi único arte de pesca, su secular hidalguía.
No se puede cerrar esta enumeración sin citar al
Salmonete, que cae vivo
en la sartén, al Lenguado, de una calidad que responde a las
blanquísimas arenas de los esteros de San Vicente y, finalmente y para
no hacer la lista interminable, al gran favorito del emperador: El
Rodaballo. |